
Golfo San Jorge: cuando YPF se va, queda el silencio
Más de 7.000 puestos perdidos, comercios vacíos y una ciudad que vuelve a pagar el costo de una retirada anunciada.
El Golfo San Jorge atraviesa uno de los momentos más oscuros de su historia petrolera. La salida de YPF y de otras operadoras, sumada a la falta de inversión real y sostenida, dejó un escenario que ya conocemos demasiado bien en la Argentina: desempleo masivo, migración forzada, caída del consumo y un entramado social al borde del colapso.
Comodoro Rivadavia —ciudad que durante décadas ayudó a sostener al país con su producción de petróleo— hoy no puede sostener a su propio pueblo. Más de 7.000 puestos de trabajo se perdieron, en su mayoría sin conflicto, sin grandes titulares, sin respuestas. Un ajuste silencioso, pero devastador.
La historia que se repite
No es la primera vez. Pasó en General Mosconi, pasó en Cutral Co y Plaza Huincul, y vuelve a pasar ahora en el Golfo San Jorge. Cuando YPF dejó de considerar rentable una región, levantó campamento. Detrás quedaron pasivos ambientales, pueblos golpeados y generaciones de trabajadores abandonados a su suerte.
La diferencia hoy es que ya no hay sorpresa. Se sabía que iba a pasar. Se avisó. Se advirtió. Pero aun así, no hubo un plan real de transición, ni productivo ni laboral.
Indemnizaciones que no alcanzan para una vida
Muchos trabajadores aceptaron indemnizaciones y se fueron. Algunos lograron reubicarse en Neuquén, otros emigraron a provincias con menor costo de vida para sobrevivir. Pero la gran verdad, que hoy empieza a emerger, es que esa plata ya no está.
Los propios trabajadores lo dicen en conversaciones de pasillo, sin micrófonos:
“Ya no nos queda nada. Aguantamos lo que pudimos”.
Hoy hay petroleros haciendo changas, vendiendo herramientas, manejando remises o dependiendo de familiares. Muchos están a pocos años de jubilarse, en una franja etaria donde reinsertarse laboralmente es casi imposible.
Comercios en caída libre
El impacto no quedó solo en los yacimientos. El comercio local registra caídas del 60% al 70% en las ventas. Alquileres impagables, locales cerrados, empleados despedidos. El círculo es perfecto y cruel: sin trabajo no hay consumo, sin consumo no hay ciudad.
En Comodoro ya no circula dinero. Y cuando el dinero no circula, todo se detiene.
Nuevos jugadores, viejos problemas
Se habla de nuevos operadores, de empresas más chicas, de eficiencia. Pero la realidad en el campo es otra: menos equipos, menos inversión, menos trabajo. Lo que hoy se hace no alcanza para levantar una cuenca madura como el Golfo San Jorge.
La promesa de que “otros van a invertir” se parece demasiado a un déjà vu. Sin un marco claro, sin financiamiento, sin un Estado que marque rumbo, ningún privado va a asumir el costo social que dejó YPF.
Tierra arrasada y discursos vacíos
Mientras tanto, sobran los discursos. Políticos que prometen, sindicalistas que administran la crisis y un gobierno nacional que dejó a la región en pampa y la vía. No hubo un plan de contención, ni reconversión laboral, ni políticas diferenciales para una cuenca que le dio todo al país.
El resultado es una sensación compartida: abandono.
¿Qué se puede hacer?
No hay soluciones mágicas, pero sí decisiones posibles:
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Un programa de sostenimiento para trabajadores a punto de jubilarse, que evite que terminen en la informalidad.
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Incentivos reales a la inversión en cuencas maduras, no solo anuncios.
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Reconversión productiva con financiamiento, no solo capacitación vacía.
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Participación activa del Estado, nacional y provincial, para evitar el colapso social.
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Responsabilidad empresaria, especialmente de quienes se van dejando pasivos ambientales y sociales.
El petróleo no se va solo, se lleva pueblos enteros
El Golfo San Jorge no está pidiendo privilegios. Está pidiendo justicia histórica. Porque durante décadas sostuvo al Estado argentino, aportó divisas, empleo y desarrollo. Hoy, cuando la rentabilidad cayó, quedó solo.
La gente sigue peleando. Los trabajadores todavía esperan. Pero la esperanza no se sostiene eternamente sin decisiones.
Cuando YPF se va, no se apaga solo un yacimiento. Se apaga una ciudad. Y esta vez, el silencio duele más que cualquier conflicto.
Fuente: vmo